miércoles, 12 de septiembre de 2012

Beethoven ante el televisor


José  Hierro (Madrid, 1922) escribió este poema a la sordera de Beethoven en su obra "Cuaderno de Nueva YorK" (Hiperión, 1998). Cuenta la historia de un imaginario encuentro entre el poeta y el músico en un concierto en 1990. Beethoven ya no es sordo, pero prefiere escuchar su Novena Sinfonía en el televisor de su hotel. Hierro lo acompaña. Beethoven apaga el volumen del televisor durante el concierto, y aún así se emociona, llora, levanta la mano para indicar la entrada de los timbales, se enardece escuchando en su interior la música que él mismo compuso 200 años antes. Pero cuando el concierto termina, el compositor vuelve a subir el volumen del televisor para escuchar los aplausos, esos aplausos que no pudo escuchar cuando se estrenó su Novena Sinfonía en 1824.




Beethoven ante el televisor
El alemán de Bonn identificaba
Todos los sones de la naturaleza:
El del mar, el del rio, el del viento y la lluvia,
El canto del ruiseñor, el de la oropéndola, el del cuco.
Un día, cantó un ave, y él no oía su canto:
Fue la primera señal de alarma.
Luego avanzó implacable la sordera
Hasta desembocar en la noche de los sonidos.
Compuso, desde entonces, imaginándolos.
Nunca pudo escuchar su misa en Re,
Sus últimos cuartetos, su última sinfonía.

Luis Van Beethoven murió en mil ochocientos veintisiete
(es lo que piensan los desinformados),
Pero yo le he visto en el Lincoln Center.
Fue en los años noventa. Ocupábamos
Asientos contiguos. Yo lo reconocí
Por su expresión huraña y tierna y feroz.
Y también por el desaliño de que nos hablan sus biógrafos.
Escribí en mi programa estas palabras:
“Excelente concierto”. Y él asintió:
“No se moleste en escribir, oigo perfectamente”.
Después, en el descanso, hablamos de su música,
(sin duda se dio cuenta 
De que acababa de reconocerlo.)
Avisaron que había que volver
A las sala para escuchar el plato fuerte,
La Novena. Pero él, van Beethoven,
Dio medio vuelta y se marchaba.
“Pero, ¿precisamente ahora?” le pregunté,
“Yo regreso al hotel. Voy a escuchar
La novena Sinfonía en el televisor,
La transmiten en directo”, contestó.
“¿Me permite que le acompañe?”, dije
Y se encogió de hombros.

Pues aquí acaba todo.
Nos sentamos ante el televisor.
Escuchamos el golpe de batuta
Sobre el atril. Silencio. Y la orquesta rugió.
Entonces, Ludwig van Beethoven
Se levantó y apagó el sonido.
Ahora si que el silencio era absoluto.

Canturreaba a veces, levantaba la mano
Para indicar la entrada a los timbales
En el Scherzo. Lloró con el adagio,
Enardeció cuando cantaba el coro
Las palabras de Schiller.
Yo nunca podré oír, nadie podrá
Lo que él oía. Finalizó el concierto.
Fue entonces cuando se levantó,
Y se acercó al televisor,
Recuperó el sonido.
Las cámaras enfocaban ahora
Al público enardecido.
Van Beethoven oía, en mil novecientos noventa,
Los aplausos que no podía oír en Viena,
En mil ochocientos veinticuatro.


Cuaderno de Nueva York
Jose Hierro

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